Ella se pone el saco gris y se sienta detrás del escritorio como si fuera hora de firmar decretos. El loco entra sin tocar la puerta y ella, en vez de mandarlo afuera, le hace señas con el dedo.
El juego de roles sigue con la falda levantada y poco más. Él la apoya en el escritorio, le mete de a poco y después acelera hasta que los papeles caen al piso. Nada que ver con las orureñas xxx comunes: acá manda ella, aunque termine con las piernas temblando.
Después el saco queda colgado en la silla, todo arrugado. Ella se acomoda el pelo frente al espejo del despacho y sale sin decir nada, como si nada hubiera pasado. Él sigue en el sillón, todavía sin resolver cómo acomodarse los pantalones.
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