El venezolano la lleva a la cama sin decir mucho y ella le sigue el juego desde el arranque. Arrancan despacio, entre risas, con él susurrándole algo al oído.
Ella no es una de las chicas de oruro de siempre: es peruana, y se nota en el acento cuando le pide más. Él la agarra de la cadera, se la mete hasta el fondo y la escucha quejarse más fuerte cada vez. La sábana ya quedó hecha un desastre y a ninguno le importa.
El ventilador gira de fondo mientras siguen. Cuando paran, ella queda acostada recuperando el aire y él se levanta sin rumbo, buscando un vaso de agua en la cocina.
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