El plomero llegó a arreglar un tubo en la casa, pero la casada orureña no tenía con qué pagarle el arreglo completo. Así que arreglaron la cuenta entre los dos, sin mayor problema ni discusión, como si nada.
Ella lo lleva al cuarto y ahí mismo arrancan, sin más preámbulo. No hay muchas vueltas ni palabras de más, los dos ya saben para dónde va la cosa desde que él entra.
Entre las mujeres de oruro que se dejan grabar, esta se mueve como si la cámara no existiera. El chango todavía está adentro cuando corta la escena, sin avisar.
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