A las afueras del pueblo, ya entrada la tarde, la moza está sentada en una manta a la sombra de unos árboles. El che le baja la falda sin apuro mientras ella se ríe, mirando para los lados. Tiene una chocha apretada que le cuesta meterla de primera. Agachada le hace una chupada larga, sin sacarle los ojos de encima.
Después se pone de a cuatro sobre la misma manta y él le da a todo lo que da, agarrándola firme de las nalgas, ahí mismo al aire libre. Se escuchan unas gallinas lejos y ninguno de los dos pela. Ella pide más fuerte cada vez, con la voz quebrada, hasta que le acaba afuera, sobre el poto. Se limpia con la misma falda, se levanta como si nada y se acomoda el pelo antes de volver.
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