Mimi se manda una recopilación donde no se corta nada. Arranca sola en su cuarto, en sostén nada más, grabándose con el celular. Después cambia de toma y ya está con el che, mamándosela sin sacar los ojos de la cámara, bien cerca de la lente.
La cosa sigue de a cuatro en la cama, luego en el servicio, mojada de arriba abajo, y después un tramo donde ella se toca sola frente a la tele prendida. Cada escena corta al hueso, sin música ni intro, de esas mujeres de cochabamba que graban sin ningún guion.
Cierra con ella tirada en las sábanas, el pelo hecho un desastre, riéndose de algo que nadie escucha. Mira la cámara un segundo y la grabación corta ahí nomás.
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