La profesora orureña se quedó con su alumno después de clase y ahí se armó todo. Tiene una calentura que no le pide nada a las demás chicas de oruro, y el che no se hizo rogar.
Ella se lo trabaja de boca primero, despacio, mirándolo de vez en cuando. Después se apoya en el escritorio y él se la mete de a poco, agarrándola de la cintura. Jadea cada vez más fuerte, se tuerce. Los cuadernos caen al piso y nadie los levanta.
A ella le suena el celular una vez y nadie lo mira. Ninguno dice gran cosa en todo el rato. Paran un segundo, respiran, y siguen desde donde lo dejaron.
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