Una boliviana que se acaba de operar prefiere jugar PlayStation antes que descansar, pero la calentura no la deja en paz. Se sienta frente a la pantalla con el control en la mano, moviéndose en el asiento cada rato. Se toca por encima de la ropa hasta que al final deja el control de lado.
Las tomas saltan a otros momentos. A veces está sola y otras aparece con compañía. Hay ropa regada por ahí, como si la cosa ya hubiera arrancado antes de grabar. El cuarto tiene esa pinta sencilla, con sábanas blancas y cortinas cerradas.
Andaba etiquetado como boliviana en hotel video en los grupos donde se compartió. Vuelve a agarrar el control después como si nada, todavía con la cara de quien no terminó ni el juego ni otra cosa.
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